Wednesday, March 4, 2015

Had Enough? (¿Estás harto?)

Today I wanted to share an excerpt from my book Grace In Time Of Need. I've been rereading it lately, and I'm amazed at how God continues to speak to me through it. The truths He used to encourage me many years ago still bless me today. I hope this chapter blesses you as well. 


Elijah’s Cowardice

“That’s it, God! I’ve had enough! I’m done!” Have you ever said that to God? I have. Have you had a day when some little thing (or some big thing) became the final straw? I’ve had more than one day like that. Guess what – we’re not alone. Even the great prophet Elijah had such a moment.

1 Kings 19:1-4 says, Now Ahab told Jezebel everything Elijah had done and how he had killed all the prophets with the sword. So Jezebel sent a messenger to Elijah to say, “May the gods deal with me, be it ever so severely, if by this time tomorrow I do not make your life like that of one of them.” Elijah was afraid and ran for his life…He came to a broom tree, sat down under it and prayed that he might die. “I have had enough, LORD,” he said. “Take my life; I am no better than my ancestors.”

Elijah had just been part of a great victory over God’s enemies. He had defeated the 450 false prophets of Baal. Then the wicked queen threatened him, and he ran for his life. Maybe Elijah wasn’t so much afraid of death as he was just weary and discouraged. He actually prayed for God to take his life. Why? I have had enough, LORD. That’s what he said. 

In that moment, I think we can say that Elijah was a coward. He didn’t want to go on, didn’t want to keep fighting against the wicked people around him. He’d had it! He was done.

I can relate to Elijah’s cowardice. I’ve been there many times myself. At times, like Elijah, I’ve even prayed God would take my life. I didn’t want to face the pain and suffering any more. I didn’t want to keep fighting what seemed a hopeless battle. I’d much rather be in heaven and be done with this awful life on earth. That’s how I feel sometimes.
But look at what happened next. Then he (Elijah) lay down under the tree and fell asleep. All at once an angel touched him and said, “Get up and eat.” He looked around, and there by his head was a cake of bread baked over hot coals, and a jar of water. He ate and drank and then lay down again. The angel of the LORD came back a second time and touched him and said, “Get up and eat, for the journey is too much for you.” So he got up and ate and drank. Strengthened by that food, he traveled forty days and forty nights until he reached Horeb, the mountain of God. (vv. 5-8)
God didn’t say “Ok Have it your way; you can die.” The Lord knew what Elijah needed. He gave him sleep. He provided food and drink, then more rest, then more food and drink. With that provision, God enabled Elijah to travel 40 days and nights. God wasn’t finished with Elijah. He still had things to teach the prophet. He still had work for Elijah to do.
I read this story during one of those times when I’d had enough. After reading it, I said, “Ok Lord, I’m trusting you to provide what I need for the next 40 seconds… the next 40 minutes…the next 4 hours.” Sometimes that’s all we can do – just take the next breath. 
Our heavenly Father always knows what we need when we need it. Elijah needed rest and food. That’s what God provided. No lecture. No sermon. No self-help book. Just grace. And it was enough. God’s grace is always sufficient for our need, even when we feel we have nothing left.
What a comfort it is to know that even a great prophet experienced feelings of cowardice and despair. God didn’t abandon Elijah. He won’t abandon us. He will provide what we need when we need it, until we come to His “mountain” – our true home. What tender grace!


¿Estás harto?

Hoy quería compartir una parte de mi libro Gracia en Tiempo de Necesidad. Últimamente he estado leyéndolo de nuevo y estoy maravillada de cómo Dios continúa hablándome a través de él. Las verdades que utilizó para animarme hace muchos años todavía me bendicen hoy. Tengo la esperanza de que este capítulo te bendiga también.


La cobardía de Elías

“¡Ya está bien, Dios! ¡Ya tuve suficiente! ¡Se acabó!” ¿Alguna vez le has dicho eso a Dios? Yo lo he hecho. ¿Alguna vez has tenido un día cuando alguna cosita pequeña (o una grande) se convirtió en la última gota? He tenido más de un día así. Adivina qué – no estamos solos. Hasta el gran profeta Elías tuvo un momento así.

1R. 19:1-4 dice: Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho, y cómo había matado a todos los profetas a filo de espada. Entonces Jezabel envió un mensajero a que le dijera a Elías: "¡Que los dioses me castiguen sin piedad si mañana a esta hora no te he quitado la *vida como tú se la quitaste a ellos!" Elías se asustó y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Berseba de Judá, dejó allí a su criado y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto, y se sentó a su sombra con ganas de morirse. "¡Estoy harto, Señor! protestó. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados."

Elías acababa de ser parte de una gran victoria sobre los enemigos de Dios. Había vencido a los 450 falsos profetas de Baal. Entonces, la malvada reina lo amenazó y él corrió por su vida. Tal vez no estaba tan asustado por la muerte como estaba débil y desanimado. En realidad, oró a Dios pidiendo que le quitara la vida. ¿Por qué? Estoy harto, SEÑOR. Eso fue lo que dijo.

En ese momento, creo que podemos decir que Elías fue un cobarde. No quería continuar, no quería seguir luchando contra la gente malvada a su alrededor. ¡Estaba harto! Estaba hecho.

Puedo identificarme con la cobardía de Elías. Yo misma he estado allí muchas veces. En ocasiones, como Elías, incluso he orado a Dios que me quite la vida. No quería enfrentar más el dolor y el sufrimiento. No quería seguir peleando lo que parecía una batalla sin esperanza. Preferiría muchísimo más estar en el cielo y haber terminado esta horrible vida en la tierra. Así es como me siento a veces.

Pero mira lo que pasó enseguida. Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido. 
 De repente, un ángel lo tocó y le dijo: "Levántate y come." Elías miró a su alrededor, y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre carbones calientes, y un jarro de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse. El ángel del Señor regresó y, tocándolo le dijo: "Levántate y come,  porque te espera un largo viaje." Elías se levantó, y comió y bebió.  Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios. (vrs. 5-8)

Dios no dijo: “Bueno, que sea a tu manera; puedes morir.” El Señor sabía lo que Elías necesitaba. Le dio sueño. Le proveyó comida y bebida, luego más descanso, después más comida y bebida. Con esa provisión, Dios lo capacitó para viajar cuarenta días y noches. Dios no había terminado con Elías. Todavía tenía cosas que enseñarle al profeta. Todavía tenía trabajo para que hiciera.

Leí esta historia durante uno de esos tiempos cuando estaba harta. Después de leerla dije: “Bueno Señor, estoy confiando en ti para que proveas lo que necesito para los próximos 40 segundos… los próximos 40 minutos… las próximas cuatro horas.” A veces eso es todo lo que podemos hacer – sencillamente toma el próximo respiro.

Nuestro Padre celestial siempre sabe qué necesitamos cuando lo necesitamos. Elías necesitaba descanso y comida. Eso fue lo que Dios proveyó. Ninguna conferencia. Ningún sermón. Ningún libro de auto-ayuda. Solamente gracia. Y eso fue suficiente. La gracia de Dios siempre es suficiente para nuestra necesidad, incluso cuando sentimos que no nos queda nada.

Que consuelo es saber que hasta un gran profeta experimentó sentimientos de cobardía y desesperación. Dios no abandonó a Elías. No nos abandonará a nosotros. Proveerá lo que necesitamos cuando lo necesitamos, hasta que lleguemos a Su “monte” – nuestro verdadero hogar. ¡Qué gracia tan tierna!

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